miércoles, 3 de abril de 2013

Quien fuera sirena


                Se dice que eres de montaña o de mar, pero siempre una de las dos cosas. Yo lo tengo claro. Mi primer recuerdo en el agua seria cuando tenía 2 o 3 años, uno de esos tantos fines de semana en los que de forma autónoma la familia Bezic partía rumbo a la playa. Velero y los Bezic al completo, Bahía de buche creo recordar y los que aun eran pequeños para nadar solos nos tocó uno de esos flotadores al estilo donut con un asiento en medio para que los bebes quedaran sentaditos y flotando. Ese es mi primer recuerdo en el agua, mis padres nadando, y yo y mis hermanos con nuestro respectivo flotador. Ahí empezó mi primer amor… No sé que parte del recuerdo es real y cual es inventador pero puedo asegurar que pase horas y horas sumergida en una piscina o en el mar jugando como un renacuajo más. Y sí, podría decirse que desde que nací hasta irme de Venezuela pasé el 90% de los fines de semana y festivos de mi vida en la playa, cosa que no hizo más que afianzar mi amor por el mar, hacer que el movimiento de las olas me resulte algo sumamente relajante y acogedor y sobre todo que estando en el mar me siente como en ningún otro lugar pues esa es mi casa.



                La última vez que buceé fue en Tasmania, temperatura del agua 9ºC, en pleno invierno australiano. Me había empeñado en ver los bosques de Kelps e intentar ver algún Dragón de mar. Aunque vi cosas preciosas la experiencia fue algo… traumática, tuve problemas con BCD/Jacket y combinado con el frío que pasé quede algo asustada de todo eso. Por eso venia un poco atemorizada y el volver al agua no era algo que me emocionaba demasiado.

                Para quien haya buceado antes sabe que es una sensación algo peculiar y que algo de lo que tendemos a olvidarnos. Te encuentras en un medio completamente extraño y llevas tu propio oxigeno a la espalda, cualquier error puede pagarse caro y cualquier ascensión a la superficie de forma no contralada puede pasar factura.
               Del ecosistema templado, oscuro y frio de la costa de Hobart a las aguas tropicales, coralinas y cristalinas de Camboya. Creo que no existe mejor manera de volver al mar que esta, pues entonces te das cuenta de lo bonito que es todo ahí abajo y lo mucho que disfrutas nadar cual sirena en el agua.  Los corales están por todas partes, estrellas de mar en el suelo y erizos es todos los rincones. Para cuando te sientes lo suficientemente cómodo te das cuenta que entre las anemonas hay peces preciosos, los spadefish  con si graciosa cara de enfadados se entretienen siguiéndote durante toda la inmersión jugando con tus burbujas, los agujeros esconden cangrejos, langostas y rayas de manchas azules. Y los peces loro, angel, ardilla y mariposa se cruza contigo de la forma más natural. Aparte de estos un sinfín mas de otras especies de vivos colores que maravillan tus ojos, un deliete para los sentidos donde sin darte cuenta te encuentras rodeado por un grupo de peces que nadando en circulo a tu alrededor llevan haciéndote compañía un buen rato. No hay sensación más relajante que esta, la de no escuchar mucho más que tu propia respiración y ser consciente de cada inhalación y exhalación que haces.







                Quién fuera sirena para pasar la vida entera aquí abajo con estas criaturas tan curiosas e indiferentes por tu presencia que danzan de la forma más deliciosa por ese mundo tan desconocido para muchos que maravilla a unos pocos privilegiados. Y es que en el agua yo me siento como en casa. 



Para Petarcito que me enseñó a amar el mar y para Tribilin, Enrique Alpeñes Miralles, el sireno por excelencia de nuestra pequeña familia! <3



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